lunes 18 de julio de 2011

La escuelita del tano Pasman

“Ganar con elegancia, perder con dignidad”. Así solía decir mi abuela, para quien la ética era una cuestión de práctica diaria y descreía de su proclamación. Recuerdo que cuando las situaciones de la vida ponían a cualquiera de la familia contra la espada y la pared, ella como referente sentenciaba “ajustate el miriñaque, y vamos”; dando por sentado que los problemas se debían enfrentar con coraje y valentía pero también con decoro y buen gusto.

Lamentablemente Filmus no la conoció. Lo extraño es que tampoco escuchó que el discurso después de un comicio, es el primer acto de la campaña siguiente. Quienes tengan dudas de ello les sugiero que vean el discurso de Domingo Felipe Cavallo después de su derrota ante Aníbal Ibarra, que solo sirvió para que muchos corrieran a un diccionario a buscar la palabra “partisanos” y para sepultar las aspiraciones presidenciales del ex ministro de economía.

Más llamativo aún es que personajes de la “cultura” como Horacio Gonzalez, director de la biblioteca nacional, o el cantante “rosarigasino” Fito Paez se manifestaran de la forma en que lo hicieron. El primero afirmando que en la Ciudad se instaló una "ideología tacaña, particularista, defensiva y egoísta" y el segundo declarando que la mitad de la ciudad le daba asco. Evidentemente para ellos la democracia es un sistema en el cual todos tenemos derecho a pensar, a condición de hacerlo igual que ellos.

Ya no llaman la atención de nadie las declaraciones del ministro Aníbal Fernandez quien dijo que nunca vio una sociedad a la que le importara menos el gobierno que a los porteños. En su caso lo sorprendente hubiera sido que aceptara con dignidad el resultado y saludara con educación a quien fue favorecido por el voto popular.

Es una pena que no conocieran a mi abuela, que tanto se preocupaba por estos temas, pero sin dudas ellos deben tener quién los asesore y los guíe en materia de comunicación. Alguien que como mi “Lala” tenga a la educación y el respeto como paradigmas esenciales de la conducta en la vida. Un intelectual para quien las formas determinan el ser de las cosas como suele decir Rodriguez Zapatero. Una persona con “clase” y “estilo”. Sin dudas en este caso debe ser el “Tano Pasman”.

lunes 13 de junio de 2011

Conferencia CGC: José María Rodríguez Saráchaga

El Centro de Graduados organiza anualmente ciclos de conferencias de economía y política con destacadas personalidades públicas.
PRÓXIMA CONFERENCIA


José María Rodríguez Saráchaga


Marketing político con vistas a las elecciones.





Miércoles 15 de junio de 2011 a las 19 h.
Sede Reconquista 775, Auditorio UCEMA (4SS)
Ciudad de Buenos Aires


Inscribase sin cargo en :

http://www.ucema.edu.ar/centro-de-graduados/conferencia-rodriguez-sarachaga


http://www.oratoriaconsulting.com.ar/

martes 28 de septiembre de 2010

La palabra degradada

Santiago Kovadlof

Es difícil decidir si la decadencia de los valores morales y políticos de una comunidad se inicia con la desvitalización del lenguaje o si ésta termina por reflejar la agonía de aquéllos. Sea como fuere, la interdependencia entre lenguaje, moral y política se muestra, desde siempre, como un hecho incontrastable.

George Steiner supo señalar "las presiones que ejerce la decadencia cultural sobre el lenguaje". Ya a comienzos de los años 60, advertía que "los imperativos de la cultura y la comunicación de masas han obligado al lenguaje a desempeñar papeles cada vez más grotescos". La obscenidad de lo grotesco consiste en su ostentación; en la exhibición de la vulgaridad como un bien. Animadores radiales y televisivos, periodistas y dirigentes políticos incorporan a su léxico la grosería y el desplante como si no lo fueran o, peor aún, como si fueran dignos de difusión. Sin disimulo y cada vez con más frecuencia, se hacen eco de esa fascinación por la rudeza verbal, empeñándose en presentarla como garante de autenticidad y cercanía con su público.

Ante semejante caudal de impropiedades y perversiones, se hace indispensable recordar que el lenguaje sólo secundariamente es una herramienta para el suministro informativo. Primeramente y primordialmente, es un signo espiritual: el indicio más alto y más hondo de la índole de los recursos subjetivos con que cuenta o deja de contar una comunidad. Con él, cada uno de los que la integran conoce, se da a conocer y logra autorreconocerse. La palabra no puede decirlo todo, pero lo dice todo de quienes la emplean.

Es cierto que el menoscabo del idioma dista de ser, en los tiempos que corren, un fenómeno exclusivamente argentino. Pero resulta indiscutible que, entre nosotros, una de sus modalidades más usuales, el empleo complaciente de un léxico cloacal, es una práctica asentada.

Nadie ignora que hace ya mucho entró en decadencia la educación, nuestro logro fundamental. Ni que el consenso mayoritario, vulnerado por la involución y el deterioro, ha hecho de la indigencia expresiva un sinónimo desgarrador de la elocuencia. Lo burdo, lo ordinario y grotesco han ido allanando el terreno a algo todavía peor: la circulación progresiva de toda clase de violencias verbales. Y la así llamada clase política no ha vacilado en hacer su propio aporte a ese ejercicio irresponsable de la palabra, convirtiendo al adversario en enemigo y a la disidencia con el propio parecer en un insulto.

El deterioro del idioma ejerce un poderoso influjo sobre la fortaleza de las ideas. Como bien observa Steiner, a medida que ese deterioro se acentúa "el lenguaje deja de configurar el pensamiento para proceder a embrutecerlo." Desentendiéndose de todo compromiso con la ejemplaridad, son incontables los políticos que, década tras década, se han mostrado en la Argentina como promotores de un idioma envilecido por la mentira, la impropiedad y la anemia expresiva.

Seamos claros: donde el lenguaje se corrompe, algo más que el lenguaje se corrompe. El basural en que se lo convierte contamina indefectiblemente el pensamiento. El caso de la dirigencia oficialista actual es, en este sentido, patético. Tener adversarios le repugna y los define como seres despreciables. El destrato que les imparte no tiene límites. Con ello, la política cabalmente entendida tiende a desaparecer. Su lugar, entonces, lo ocupa el despotismo. La intención que lo inspira no disimula su propósito. La demagogia y la intolerancia se dan la mano. La pluralidad de criterios horroriza su propensión al monólogo. En consecuencia, no alienta el debate sino el maniqueísmo. La discrepancia necesaria se transforma, bajo su peso, en confrontación. Y la confrontación, en su caso, en una práctica orientada hacia el exterminio del contrincante.

El deterioro de las instituciones y la indigencia del lenguaje no son equivalentes, pero se complementan. Siendo así, no es casual que en el país coexistan las peores embestidas contra la libertad de expresión y la siembra de inmundicia verbal con la que se trata de embadurnar a sus voceros. Descalificaciones feroces, simplificaciones escalofriantes, agravios que ostentan su desmesura como un logro; amenazas, prepotencias, presiones de neto corte mafioso, conforman la paga constante que reciben quienes, profesando convicciones no oficialistas, se atreven a manifestarlas. Desprecio lapidario, en suma, de ese otro que, al no coincidir con los criterios y procedimientos del poder de turno, se convierte en blanco de un menoscabo sin mengua empeñado en advertirle que algo peor podrá sucederle si no acata la sumisión y el silencio.

La contienda electoral que se avecina probará hasta qué punto la disputa por el poder ha pasado a ser, simultáneamente, un enfrentamiento entre dos concepciones del lenguaje y, por lo tanto, del papel del pensamiento en la construcción de lo político. Una de esas dos concepciones del lenguaje lo entiende como un arma de dominación que debe esgrimirse a expensas de toda alteridad. La otra, no sin vacilación y contradicciones, se niega a dejar de ver en el lenguaje un recurso para el despliegue de la convivencia y la pacificación indispensable. Esta última concepción es hija de las duras lecciones impartidas por la siembra estéril del autoritarismo. Aquélla, en cambio, de la creencia empecinada en afirmar que, a pesar de todos sus vaivenes, sólo el autoritarismo, en un país como el nuestro, puede garantizar una gestión política eficaz.

La degradación del idioma, en buena parte de los políticos, refleja la magnitud alcanzada por la pérdida de valor de las investiduras. Tan extendida está esa degradación que sería injusto suponer que el oficialismo tiene el monopolio del envilecimiento de la lengua. Pero es innegable que en sus filas es donde esa práctica encuentra mayor aceptación.

Más allá de las desmesuras discursivas en las que, con premeditada frecuencia, incurren la presidenta de la Nación y su esposo, resulta evidente que es en su entorno donde proliferan los cultores más decididos de la agresión verbal. Es esta negativa a inscribir el tratamiento de los conflictos nacionales en el marco de un abordaje en el que la palabra no opere como un hacha o una tea, la que se hace notar dramáticamente en la recurrencia al lenguaje cloacal y pendenciero. A ellos les siguen, como es evidente, los agravios personalizados y sin ninguna sutileza ideológica. El más grave de todos es reciente. Recayó sobre el ex fiscal federal Julio César Strassera, figura emblemática de la democracia recuperada. El Gobierno toleró sin inmutarse que un hombre identificado con su gestión lo llamara "hijo de puta". Toleró igualmente que su jefe de Gabinete se refiriera a ese magistrado como a un miserable. Refrendó, en fin, con su silencio cómplice, un comportamiento perverso, que perdurará en la memoria de los argentinos como un signo inequívoco del derrumbe moral de la política. Es que a medida que se transparenta la repugnancia que la independencia de criterio despierta en la sensibilidad autoritaria, recrudecen los ataques contra todos aquellos que no rinden pleitesía a la causa del poder de turno. Allí están, para probarlo, empresarios, sindicalistas, políticos, jueces, intelectuales y periodistas. "Víbora venenosa", llamó al columnista Joaquín Morales Solá esa enardecida abanderada del desprecio en que se convirtió Hebe de Bonafini.

Es indudable que la meta hacia la que se encamina, en política, la degradación de la palabra es la subordinación forzada de toda disidencia a una voluntad despótica. Una nueva estirpe de excluidos comienza a ser forjada por la intolerancia del poder. La integran quienes aspiran a seguir ejerciendo el pensamiento crítico. Así, a la inseguridad conocida se suma una nueva. Transitar por las calles, las avenidas y las rutas es, desde hace mucho, un riesgo radicalizado. Frecuentar libremente la senda de las palabras empieza a serlo también. Dos formas del delito se complementan en la Argentina para multiplicar una misma desolación.

© LA NACION

miércoles 6 de mayo de 2009

Néstor Kirchner El rostro del miedo


La célebre paradoja de Epiménides se trataba de él mismo (un cretense) diciendo, ‘Todos los cretenses son mentirosos’ lo cual planteaba una aparente contradicción que para mucho es el origen de la paradoja como expresión. La situación difícilmente podría ser más análoga a la de un Néstor Kirchner ostensiblemente asustado, tratando de postularse como la alternativa al miedo.
Más allá de Epiménides y sobre todo más acá en el tiempo, un sabio refrán reza: “dime de qué alardeas y te diré de qué careces”. Si a este principio básico le agregamos un apoco de análisis de su oratoria las conclusiones no se hacen esperar.
El discurso del ex presidente visto por televisión era poco creíble y escuchado por radio lo era aún más porque hasta en la parte que hace a los tonos, matices, e inflexiones de la voz; se lo percibía como a una persona derrotada, cansada y sin fuerzas. Habló prácticamente sin aire, porque la angustia le toma el pecho y ya no tiene donde sacar más. Lo que en otros tiempos fueron golpes firmes y precisos ahora eran apenas coletazo. Esto no quiere decir que ya perdió, pero lo que se escucho fue la tibia y deslucida arenga de una persona que se siente arrinconada.
La elección de las palabras tampoco fue muy feliz “no digo que vayamos a perder”… “no digo que pase”. Eso equivale prácticamente a admitir la derrota. Carece de propuesta propia y simplemente se limita a un pueril truco dialéctico de llamar alianza residual a la oposición para tratar de emparentarla con el gobierno de De la Rúa. Lo cual coincide su apelación al recuerdo del 2001.
Vótenme a mí porque si no el país cae en el abismo, parecía ser la consigna paradójica de quien hasta hace poco se quejaba del “mesianismo” de otros candidatos. Justamente lo contrario a lo que debe hacer un candidato. Esto es mostrarse, firme, seguro, con capacidad y decisión.
Kirchner que era famoso porque gestualizaba mucho, porque se movía, señalaba y derrochaba ímpetu; se mostró con los hombros caídos, totalmente destrozado, sin fuerzas, sin movimiento, sin reacción, ni mayor gesticulación, la cara era prácticamente una estatua. No tenía mayores gestos, la mirada perdida. Como un hombre que está esperando una novia sabiendo de antemano que no va a llegar. El Kirchner de ayer estaba casi entregado.
Ostensiblemente angustiado, agotado, totalmente pálido casi extenuado; la imagen de desconsuelo fue total. En un momento, puso las manos hacia adelante como si estuviera intentando detener el tren de la historia que amenaza con pasarlo por encima.
La opción que se le presenta a Kirchner, es morir haciendo la suya o vivir con la de otro.
Su mejor opción desde un punto de vista político hoy pasa por no presentarse, su nombre en la lista no suma nada y al contrario según algunas encuestas hasta resta votos. Dejarle a Scioli la derrota y armar un gobierno de diálogo y concertación los próximos dos años, esa sería su única carta con vistas al 2011. La alternativa es jugarse a todo o nada, sin convicción, en una elección donde los números, en el mejor de los casos apenas van a llegar a ser mediocres.La que él sabe, la que hace, la que conoce, es la confrontación permanente, la pelea constante, pero siempre desde un lugar de poder absoluto. ¿Se animará a cambiar?